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Hablemos de los “potes” de mantequilla

No hay miedo mayor al que se siente cuando se abre la nevera y hay dos potes de mantequilla. Claramente, uno es un impostor.

Tengo un fuerte argumento para sostener la idea de que el slogan “Reduce, reusa y recicla” se inspiró en las cocinas hispanas, especialmente en la puertorriqueña. Mi argumento tiene tres palabras: potes de mantequilla.

Con toda la confianza que me acompaña, me atrevo a confirmar que comencé a desconfiar del mundo cuando de niña estaba lista pa’ comerme unas tostadas con mantequilla, pero al abrir el pote me salpicaba en la cara sofrito o sobras de habichuelas en vez de sentir el olor a esa grasa cremosa que tanto deseaba.

Mi madre y mi abuela no invertían mucho en envases plásticos, ellas sabían reusar. Al compartir con amigos, me di cuenta que esta costumbre no era solo de mi familia, sino una conducta común, algo cultural. Un envase en buen estado no tenía porqué ir a la basura, al contrario, le esperaba más vida por delante. A veces pienso que la gente no compra mantequilla, sino que invierte en el pote. Es un dos por uno, o mejor dicho, un cinco por uno. Esos potes sirven pa’ mantequilla, sofrito, ajo molido, habichuelas, mezclita y otras cosas más. Las posibilidades son infinitas.

Pero los potes de mantequilla no son los únicos a los que les damos una segunda vida. En verdad cualquier pote en buen estado, y que todavía conserve su tapa, va pa’ la gaveta de los “bowls”. Por ejemplo, mi amigo Ramón me narró una anécdota merecedora de mención honorífica.

Antes de mudarme a su casa en el Bronx, mi espacio era ocupado por nuestro amigo Camilo, otra mente maestra; músico, cantante y compositor. Supongo que su elevado interés por la música y el arte lo ha mantenido alejado de la cocina. Un día agarró un envase de cristal, que originalmente era de salsa para papitas, y zumbó tostitos pensado que era un dip. Luego le comentó a Ramón, “oye, como que este dip está bien fuerte”. Ramón quedó confundido, en ese pote no había ningún dip, se lo habían acabado. En ese pote lo que había era sofrito. Camilo estaba “dipiando” los tostitos en sofrito. La mamá de Ramón los había visitado esa semana y les dejó la nevera surtida con sofrito. Obviamente, como madre boricua que sabe reusar, le dio una segunda vida a un pote de cristal en buen estado.

Le puede pasar a cualquiera, mi gente. Seguro que a ti te ha pasado algo similar. Aunque es molestoso encontrarse con sorpresas al abrir los potes de la nevera, es satisfactorio saber que en cierto modo estamos haciendo algo bueno por el medio ambiente. Yo les recomiendo mantener a la mano marcadores permanentes para nombrar qué hay en los envases, así se ahorran malos ratos. Pero por favor, sigan reusando, eso me hace feliz.

Este escrito es una colaboración especial para Sabrosía de Jengibre PR

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